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sábado, agosto 15, 2026

¿Y el negrito pa cuando? Crónica de un negrito de San Luis…….que no pidió permiso para soñar

Por Darwin Feliz Matos.

Hay que ver cómo este país aplaude al que llega lejos… pero siempre y cuando no venga de abajo. Porque si llega lejos y además trae polvo en los zapatos, historia en la piel y dignidad en los ojos, entonces ya no es admiración lo que siente el sistema: es miedo.

Y es justo ahí donde comienza esta historia:
No entre cortinas de terciopelo ni apellidos impronunciables, sino entre callejones, ruido de motoconchos y olor a fritura en San Luis. Después, en Los Mina, donde no se aprende a hacer política en seminarios, sino en colmados, canchas y velorios del barrio.

Allí creció Adán Peguero, con la desventaja de tenerlo todo en contra y, paradójicamente, la ventaja de no deberle nada a nadie.

El negrito del batey… versión dominicana
No es casual que muchos lo asocien con aquel merengue inmortalizado por Alberto Beltrán: “Yo no soy un hombre feo, pero tampoco bonito…” Porque así mismo ha sido el trato político hacia Adán: ni lo han querido feo ni lo han aceptado bonito.

Lo han querido funcional. Callado. Aplatanado.

El problema es que salió pensante, incómodo, y por si fuera poco, con liderazgo propio.

¡Ah, pero qué atrevimiento!

Y como castigo, le tiraron con todo lo que daña:
Calumnias, rumores, videos sin contexto y una buena dosis de “silencio institucional”, que en política duele más que un insulto.
Desde ciertos portales—de dudosa ética y peor redacción—se intentó desbaratar su reputación.

“Investigado”, decían.
“Impedido de inscribir”, murmuraban.

Y mientras tanto, en los pasillos del partido al que ha servido con lealtad de perro callejero, nadie decía nada.

La culpa de Adán.

¿Cuál fue su delito, exactamente?
Él mismo lo dijo, sin maquillaje ni victimismo barato:
“No he hecho nada malo, solo nací negro y pobre.”

Y claro, en este país, eso pesa más que una auditoría en Contraloría.
Pero él no pidió nacer ni rico ni blanco.
Pidió espacio.
Pidió justicia.
Pidió que, al menos, se verificara antes de condenar.

Y sin embargo, lo condenaron primero en redes y después en silencio administrativo. Como quien se quita de encima una piedra incómoda… sin saber que era una montaña que aún no había terminado de levantarse.

El «huevero» que peló para que otros comieran
Hay una frase que flota en los cafés políticos de Santo Domingo Este:

“Adán fue el huevero pelando para que otros comieran.”
Y no lo dicen sus enemigos.
Lo dicen sus compañeros.
Lo dicen dentro y fuera del PRM.
Lo dicen quienes saben que, si hay un dirigente que conoce las bases, es él. Que cuando otros hacían selfies, él sudaba camisetas. Que mientras algunos se ocupaban de «lucir», él se ocupaba de servir.

Y cuando más necesitó respaldo, le dieron la espalda.
Como si les diera vergüenza que quien sabe más de política territorial no se parezca a los que salen en las vallas.

Pero él no respondió con rabia.
Respondió con algo peor para sus detractores: con perdón.

Como José Francisco Peña Gómez.
Con la piel de esclavo, pero el alma libre.

¿Y ahora qué?
Ahora que las aguas bajan, la verdad emerge como aceite sobre el lodo.
Y el tiempo, ese testigo que no cobra pero tampoco perdona, ha puesto a cada uno en su sitio.

Peguero sigue de pie.
Sin condenas.
Sin escándalos comprobados.
Sin el respaldo de los grandes, pero con el respeto de los pequeños.
Y eso, en política, vale más que mil ruedas de prensa.


Adán Peguero no es perfecto.
Pero en una clase política que se disfraza de moral mientras se perfuma de hipocresía, él representa una rareza:
Un hombre que vino de abajo y no se olvidó de los de abajo.

Un dirigente que, cuando lo despojaron del micrófono, siguió hablando con hechos.

Y sobre todo, uno que aún cree “vaya ingenuidad” que la política puede ser decente sin dejar de ser combativa.
Quizás por eso aún lo atacan.
O quizás por eso aún resiste.
Pero como dice la canción…
“Yo no soy un hombre feo…
¡pero tampoco bonito!”

Solo auténtico.

Y eso, en estos tiempos, es casi revolucionario.

Mientras el tiempo pasa, Adán Peguero permanece en ese banco invisible donde la paciencia y la dignidad hacen guardia, esperando no un favor, sino su legítimo turno al bate.

La ironía es que, en un juego donde muchos tantos han tenido su oportunidad sin méritos, a él se le exige perfección para simplemente participar. Y aún así, no se impacienta.

Observa. Aprende. Resiste. Porque sabe que en política “como en la vida” no siempre el que batea primero conecta el jonrón.

Lo que muchos no confiesan es que no temen a sus errores, sino a su capacidad de levantarse tras cada golpe, a su fe inquebrantable en un ideal, y a ese liderazgo que no se compra ni se delega: se vive.

Por eso siguen intentando cerrarle el carril, porque lo que no pueden controlar, necesitan aniquilarlo.

Pero la historia, tarde o temprano, le entrega el micrófono a quienes no gritaron, pero nunca dejaron de decir la verdad.

Y cuando ese momento llegue “si se lo permiten” no será solo un turno al bate… será una lección para los que olvidaron que hasta en la sombra, hay figuras que ya están hechas para brillar.

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