Por Jacobo Colón.
En un país donde la justicia parece tener ojos selectivos, la balanza de la equidad se tambalea peligrosamente.
La indignación popular ha estallado en los últimos días tras el acuerdo entre el Ministerio Público y Maxi Montilla, cuñado del expresidente Danilo Medina, quien, acusado de estafar al Estado dominicano por más de 8,000 millones de pesos mediante tráfico de influencias, logró un pacto que le permitió devolver apenas 3,000 millones sin entrar un solo día a la cárcel.
Mientras tanto, en el otro extremo de la sociedad, Juancito Jiménez, conocido como «Juancito Trucupey», lleva más de un año en prisión preventiva en la infame cárcel de La Victoria por el robo de un celular, un delito menor que palidece ante la magnitud de los crímenes de cuello blanco.
Esta disparidad no es un caso aislado.
La prisión preventiva, esa medida que debería ser excepcional, se ha convertido en el pan nuestro de cada día para los desarropados, los sin arraigo, los hijos de machepa que cometen errores, muchas veces de poca monta.
Recordemos el caso que se volvió símbolo de esta injusticia; un ciudadano encarcelado por robar un «pica pollo» para saciar su hambre.
Mientras los poderosos negocian acuerdos y se pasean libremente, los paupérrimos e infelices de nuestros sectores populares enfrentan el rigor de un sistema que los castiga sin contemplaciones.
La frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano resuena con amarga precisión: “La justicia es como la serpiente, solo muerde al que tiene los pies descalzos”.
Juancito, con sus 365 días tras las rejas de una de las peores cárceles del país, encarna a esos descalzos que la serpiente no perdona.
En cambio, Maxi Montilla, amparado por su posición y conexiones, evade las fauces del sistema.
Esta realidad no solo indigna, sino que evidencia una justicia clasista que perpetúa la desigualdad.
¿Hasta cuándo seguiremos tolerando un sistema que castiga con saña a los pobres mientras abraza con indulgencia a los poderosos?
La verdadera justicia no debería distinguir entre apellidos ni cuentas bancarias, pero en nuestra tierra, la serpiente sigue eligiendo a sus víctimas con una cruel selectividad.
Ser pobre y vivir en La cienaga, Gualey, Guachupita, Vietnam, Los Tres Brazos, Guaricano, Cien Fuego, Capotillo, Katanga, etc, etc, etc, te acerca a la cárcel aun siendo persona honesta, otros de los residenciales del país se alejan de la misma aun siendo delincuentes.
Es que el pobre carece a arraigos, que es la exigencia del código procesal penal para que un juez te otorgue la libertad.
El que roba poco tiene pocos arraigos, el que sustrae bienes por montones reúne muchos “presupuestos” y las puertas de la prisión se abre para ellos.
El caso de Maxi Montilla es el vivo ejemplo de esto.
Mientras exista esta justicia cobarde, la serpiente seguirá mordiendo a los que andamos con los pies descalzos.

