Por Jacobo Colón.
En la política dominicana siempre se ha visto lo mismo; dirigentes y militantes que, desde la oposición, corren a juramentarse en el partido que llega al gobierno.
Buscan cargos, presupuesto y cercanía al poder.
Lo que nunca había sido habitual y mucho menos cotidiano, es el fenómeno que estamos observando; militantes y hasta funcionarios electos del Partido Revolucionario Moderno (PRM) que, estando su partido en el poder, deciden juramentarse en la Fuerza del Pueblo.
Cada día se produce al menos una de estas ceremonias.
No son solo figuras de la base, también dirigentes zonales, concejales y miembros que durante 6 años han sido excluidos del partido y del poder.
Tras años de lucha en la oposición, lograron ver a su partido en el Palacio Nacional y hoy sienten que siguen siendo opositores dentro de su propia casa.
El disgusto es profundo, visible y se agrava con el paso del tiempo.
¿Cuál es la causa? Una de ellas es el maltrato sistemático que reciben de los funcionarios designados por el propio presidente Luis Abinader.
Hay una dirigencia que, una vez instalada en los puestos, olvidó de dónde vino.
Existe una indiferencia que roza el desprecio hacia quienes hicieron posible el triunfo electoral.
Pero también, sobre todo, una larga lista de promesas presidenciales incumplidas: decretos anunciados una y otra vez que nunca llegan, expectativas creadas y luego defraudadas, militantes dejados esperando en la antesala del poder.
Mientras otros, los cercanos, los “de confianza” se reparten los privilegios.
La gota que ha desbordado el vaso fue la renuncia reciente de la vicealcaldesa de Los Alcarrizos. Una funcionaria electa por el PRM que decide abandonar el gobierno y pasarse a las filas de la oposición.
Un hecho poco visto en la historia reciente del país.
Porque lo lógico, lo que siempre se había visto, es que desde la oposición se migre al gobierno.
Lo contrario, dejar el poder para irse a la oposición, solo ocurre cuando el desencanto es tan grande que el cargo, el sueldo y la cercanía al gobierno pesan menos que la dignidad y la sensación de haber sido traicionado.
Y el problema no es solo interno. El PRM está mal por fuera también.
El alto costo de la vida golpea a la población, la delincuencia no cede y los casos de corrupción se denuncian casi a diario.
Pero el mayor daño lo está causando el maltrato a su propia base.
Esa base que peleó en las calles, que resistió en la oposición y que hoy, paradójicamente, se siente más cómoda en el partido de Leonel Fernández que en el suyo propio.
Lo que estamos presenciando no es una simple deserción.
Es un éxodo silencioso pero constante de quienes construyeron el triunfo y hoy se sienten excluidos de sus frutos.
Es la prueba irrefutable de que un partido puede ganar las elecciones y, al mismo tiempo, perder a su gente.
Porque gobernar no es solo administrar el Estado; es también honrar a quienes te llevaron hasta allí.
Según pasa el tiempo se alejan las esperanzas de los que han sido excluidos del gobierno, eso hará que el goteo se convierte en una hemorragia.
La tendencia es clara; la base que luchó por el poder hoy se va del poder.
Y lo hace con el mismo convencimiento con el que antes luchó por llegar a él.
La desesperación irá creciendo segun transcurra el tiempo, ahora estan goteando, pronto seran decenas, luego centenares y a partir del 2027, multitudes pasarán al partido que ocupa la segunda posición.

