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sábado, agosto 15, 2026

Si Dio Astacio es capaz de humillar y maltratar a su maestra, ¿Qué esperanza queda para el ciudadano común?

 

Todos llevamos en nuestro interior las huellas de quienes nos formaron y contribuyeron de cualquier forma en convertirnos en lo que ahora somos, especialmente nuestros maestros.

Cada momento en las aulas queda grabado en nuestra alma, moldeando no solo nuestro conocimiento, sino también nuestro carácter.
Por eso, cuando una acción atenta contra esa conexión que debe existir entre maestro y alumno, el impacto resuena más allá de lo personal, se convierte en un reflejo de valores, o de la ausencia de ellos.
El caso del alcalde de Santo Domingo Este, Dio Astacio, y su decisión de expulsar, sacar, despedir, cancelar del ayuntamiento a su antigua maestra de Geometría Plana del Liceo Ramón Emilio Jiménez, Profesora Rosario Fernández Méndez no es solo un incidente laboral.
Es un acto deplorable, vil, rastrero, despreciable e indigno que demuestra una enorme carga de ingratitud y mezquindad.
Según el relato de la propia afectada, esta mujer, en la adultez,  madre, esposa, abuela y, además, una dirigente que apoyó la campaña del alcalde fue expulsada del ayuntamiento sin miramientos.
Pero la bajeza y vileza no terminan ahí, se le negaron sus prestaciones laborales, un derecho ganado con años de servicio.
“No solo te expulso, también te dejo sin nada”, parece ser el mensaje implícito en esta decisión.
Este acto, que podría pasar desapercibido en el bullicio de la política local, es en realidad un espejo que refleja el carácter de quien lo perpetra.
Si alguien es capaz de tratar con tal desdén a una figura tan significativa como su maestra, quien no solo le impartió conocimientos, sino que contribuyó a su formación como persona, ¿qué trato puede esperar el resto de la ciudadanía?
La pregunta es un llamado a la reflexión sobre los valores que queremos en nuestros líderes.
La ingratitud de este acto es particularmente dolorosa porque no se trata solo de una relación profesional, sino una traición a la memoria de un aula donde esa maestra ayudó a forjar el camino de un estudiante que hoy ostenta poder.
Es, además, un agravio a una mujer que, por su edad, su trayectoria y su rol en la comunidad, merece respeto y consideración.
Negarle sus prestaciones laborales no es solo una injusticia, es un gesto de desprecio que hiere la dignidad.
Un líder que olvida sus raíces, que traiciona a quienes le dieron herramientas para llegar donde está, no solo pierde legitimidad, sino que siembra desconfianza en su capacidad para gobernar con empatía y justicia.
No basta con promesas o discursos; el carácter se mide en los actos, especialmente en aquellos que afectan a los más cercanos, a los que alguna vez fueron pilares en sus vidas.
Los munícipes anhelamos representantes que honren el pasado, que valoren a quienes los formaron y que actúen con la decencia que cualquier maestro espera inculcar en sus alumnos.
Porque si alguien es capaz de humillar a su maestra, ¿qué esperanza queda para el ciudadano común?

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