La tragedia del colapso del techo en Jet Set ha desatado un torbellino de emociones: dolor, tristeza, ansiedad, indignación y una búsqueda desesperada por respuestas.
En medio de esta conmoción, algunos claman por justicia, mientras otros, cegados por la furia y resentimientos personales y empresariales persiguen venganza.
Para muchos, es fácil pintarlo como un ser vil y despreciable, un «asesino despiadado y frío», pero esta narrativa simplista ignora la complejidad de los hechos y la naturaleza humana.
¿Quién, en su día a día, revisa el techo de un local?
¿Qué empresario, en cualquier rincón del país, incluye en su rutina inspeccionar la estructura de su negocio? Absolutamente nadie.
Ni siquiera los ingenieros y constructores que diseñan y levantan estas edificaciones contemplan que un techo pueda colapsar. Los techos, en nuestra percepción cotidiana, son símbolos de seguridad, no de peligro.
Nadie entra a un lugar pensando que el cielo, en este caso el techo, puede caerle encima.
El Código Penal dominicano, en su artículo 319, es claro al abordar casos como este: La torpeza, imprudencia, inadvertencia, negligencia o inobservancia de leyes o reglamentos son las bases para determinar responsabilidad en hechos trágicos no intencionales.
Esto conlleva una pena de 3 meses a 2 años de prisión y multas de 25 a 100 pesos, en el aspecto civil del art.1382 al 1386 nos dice que “Cualquier acción del hombre que cause daño a otro, obliga a la persona responsable a repararlo”
Pero el 1386 del mismo código es más claro, “El dueño de un edificio es responsable del daño que cause su ruina, cuando ha tenido lugar como consecuencia de culpa suya o por vicios en su construcción”
Si Antonio Espaillat hubiera tenido la menor sospecha de que el techo de Jet Set representaba un riesgo
¿habría permitido que su hermana y sus amigos más cercanos estuvieran allí esa noche?
¿Habría entrado él mismo? La respuesta es evidente: nadie pone en peligro a sus seres queridos a sabiendas.
La tragedia de Jet Set no es un caso de malicia o negligencia deliberada, es un recordatorio doloroso de que, a veces, los sistemas fallan, las fiscalizaciones no son suficientes y las consecuencias son catastróficas.
Pero culpar a una sola persona, ignorando el contexto y las circunstancias, no es justicia; es venganza. La venganza busca un chivo expiatorio para aplacar la rabia colectiva. La justicia, en cambio, exige un análisis racional, basado en hechos y en la ley.
No podemos permitir que el dolor por las vidas perdidas nos arrastre a señalar culpables sin reflexión. El artículo 319 del Código Penal nos ofrece un marco para buscar responsabilidad sin caer en la tentación de demonizar a quienes, como Espaillat, también son víctimas de esta tragedia.
Sus seres queridos y amigos estaban en esa fiesta.
Él carga con el peso de una pérdida personal y con la sombra de una acusación pública que lo retrata como algo que no es.
La justicia debe prevalecer sobre la venganza.
Que la tragedia de Jet Set sea una oportunidad para fortalecer regulaciones, mejorar inspecciones y prevenir futuros desastres, no un pretexto para alimentar odios o señalar villanos.
La memoria de las víctimas merece un proceso apegado a la justicia y el derecho, no un linchamiento mediático.
Lamentablemente eso es lo que están pidiendo muchos, UN LINCHAMIENTO.

