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sábado, agosto 15, 2026

La Máscara de la Política: ¿Carolina Mejía o la construcción de la pose de la Candidata?

Por Jacobo Colon.

En el escenario político, la imagen lo es todo.

Los candidatos saben que una sonrisa bien ensayada, un saludo cálido o una actitud accesible pueden marcar la diferencia entre conquistar el voto o quedarse en el olvido.

Pero ¿qué tan auténticos son esos gestos que vemos en campaña? Una experiencia reciente me llevó a cuestionar la autenticidad de una figura pública que muchos perciben como cercana y humilde, la alcaldesa Carolina Mejía.

Hace unos días, tuve la oportunidad de presenciar la llegada de Mejía a un evento donde el presidente entregaría unos títulos de propiedad.

Esperaba encontrar a la Carolina que los medios de comunicación y las redes sociales nos han mostrado; sonriente, afable, siempre dispuesta a conectar con la gente.

Sin embargo, lo que vi fue una persona completamente distinta.

Llegó con el rostro fruncido, visiblemente enojada, sin saludar ni interactuar con nadie, una parafernalia mas grande que la del mismo presidente anunciaron su llegada, un personal con nerviosismo decía, “ya viene Carolina” pasando esta por mi lado sin saludar ni brindar su acostumbrada sonrisa “Cuando hay cámaras grabando”

Una carolina prepotente, abarrotada de servidores, cara de pocos amigos, produjo una sensación de desconcierto en mi persona, pensaba que era diferente, esa no es la imagen que proyecta en público.

No había cámaras, no había periodistas, mucho menos votos en juego. Y, al parecer, tampoco había necesidad de mantener la fachada.

Este contraste me llevó a una reflexión inevitable; la política transforma a quienes buscan un puesto público.

Para ganar, muchos candidatos adoptan una personalidad cuidadosamente diseñada, una pose que proyecta empatía y cercanía.

Carolina Mejía parece haber dominado este arte.

Su imagen pública, la de una líder accesible, siempre sonriente y comprometida contrasta con la actitud distante que mostró en un momento en que nadie la observaba.

Esto no es un fenómeno exclusivo de ella; es un patrón que se repite en muchos políticos que, frente a las cámaras, ensayan sonrisas y gestos de afecto, pero que en la intimidad de un momento sin público revelan una cara distinta.

La política exige unas actitudes y poses ficticias de manera constante, Carolina las practica todos los días frente al espejo.

Cada palabra y gestos se ensayan, las sonrisas se repiten una y otra vez hasta que salgan naturales, todo indica que Carolina es una excelente alumna.

Para obtener votos, hay que ser simpático, accesible y, sobre todo, convincente.

Pero cuando las luces se apagan y las cámaras no están grabando,

¿Quiénes son realmente estos candidatos?

La experiencia de ese día me dejó claro que muchos tienen dos rostros: uno para el votante, cuidadosamente pulido, y otro en su vida privada, donde no hay necesidad de fingir.

Carolina Mejía no es la excepción, pero su caso es un recordatorio de que la política es, en gran medida, un juego de percepciones.

Los votantes debemos aprender a mirar más allá de las sonrisas ensayadas y los saludos cordiales.

La verdadera medida de un líder no está en su pose ante las cámaras, sino en la consistencia de sus acciones, incluso cuando nadie está mirando.

Porque, al final, lo que importa no es la imagen que proyectan, sino la autenticidad con la que actúan.

¿Cuántos candidatos están dispuestos a mostrar su verdadero rostro? Esa es la pregunta que debemos hacernos antes de emitir nuestro voto.

Ese día pude ver el rostro de Carolina Mejia, una persona que quiere presentarse como autentica como su padre y ha ensayado muy bien su papel.

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