Por Jacobo Colon.
En cualquier democracia que se precie de madura, la corrupción se combate con transparencia, no con amenazas.
Sin embargo, el post publicado el 8 de febrero de 2026 por el diputado Jorge Frías, miembro del Partido Revolucionario Moderno (PRM) y representante de la circunscripción 2 de Santo Domingo Este, representa exactamente lo contrario.
Jorge Frias con su mensaje en X ha realizado un intento fallido y comprometedor de silenciar voces internas mediante intimidación velada.
“Bajo mi responsabilidad, les digo a los empleados del PRM_Oficial que están pasando informaciones a medios de comunicación, por un par de pesos, que real o supuestamente les descuentan, que se preparen: que si perdemos en el 28, van a desear los descuentos, es para fuera que van”.
Estas palabras no son un desliz retórico; son una declaración pública de lealtad ciega por encima de la ley y la ética.
El diputado no niega la existencia de posibles descuentos salariales forzados práctica que, de confirmarse, constituiría una forma grave de extorsión y corrupción sistémica.
En cambio, ataca a quienes los denuncian, acusándolos de vender información por “un par de pesos” y amenazándolos con represalias electorales, despido, exclusión partidaria y, en esencia, ruina laboral si el PRM enfrenta una derrota en la contienda del 28.
Este mensaje surge justo cuando circulan denuncias sobre irregularidades en instituciones clave como el Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA) —donde el exrector Rafael Féliz García fue destituido tras escándalos por presunto cobro indebido a empleados y el Fondo Especial para el Desarrollo Agropecuario (FEDA), bajo la gestión de Hecmilio Galván, acusado en múltiples ocasiones de malversación y favoritismo.
En lugar de exigir auditorías independientes, investigaciones profundas o sanciones ejemplares, un diputado oficialista elige proteger o al menos no cuestionar el statu quo, mientras criminaliza a los posibles compañeros que filtran la información.
Esta postura no solo es aberrante; es peligrosa.
Normaliza una cultura de miedo dentro del partido de gobierno y, por extensión, en la administración pública.
Envía un mensaje contundente y amenazante a miles de empleados, militantes y funcionarios, denunciar irregularidades puede costarte el puesto, la estabilidad económica y hasta la militancia.
En un país donde el clientelismo y los “aportes voluntarios” forzados han sido históricas lacras, esta advertencia retrocede décadas en la lucha contra la impunidad.
El PRM llegó al poder en 2020 prometiendo cambio radical; cero tolerancias a la corrupción, meritocracia, instituciones fuertes.
Frases como “el que la hace, la paga” resonaron en la ciudadanía hastiada de impunidad. ¿Qué queda de esa promesa cuando un diputado oficialista amenaza con “para fuera que van” a quienes exponen posibles abusos?
El silencio del liderazgo superior, del presidente Luis Abinader, de la dirección nacional del partido, ante este tipo de declaraciones sería cómplice.
La omisión equivale a aval.
La verdadera lealtad a un proyecto político no se mide en silencio ante los errores, sino en la valentía de corregirlos.
Los empleados que filtran información —si lo hacen por convicción y no por “un par de pesos” no son traidores; son, en muchos casos, los últimos bastiones de integridad en un sistema que premia la obediencia ciega.
Castigarlos no fortalece al partido; lo debilita moralmente y lo expone al escrutinio público como una maquinaria más interesada en preservar privilegios que en servir.
Jorge Frias debe preguntarse ¿Queremos un PRM que premie la denuncia de la corrupción o uno que la persiga? ¿Un gobierno que proteja a los denunciantes o que los convierta en chivos expiatorios?
La respuesta no puede ser ambigua.
La democracia dominicana no necesita más amenazas ni más “responsabilidades” que encubren abusos; necesita dirigentes capaces de asumirlas de frente, sin miedo a la verdad.
Jorge Frías, con su mensaje en X, ha elegido el camino fácil del autoritarismo interno.
Porque cuando el poder ataca al mensajero, termina matando el mensaje que más necesita escuchar, el de la rendición de cuentas.

