Solo los que tienen los pies descalzos mueren.
En las calles de los barrios marginados, los ecos de los disparos resuenan como un recordatorio cruel del manejo selectivo de las autoridades encargadas de establecer el orden público y perseguir la delincuencia.
Los llamados «intercambios de disparos» se han convertido en una narrativa oficial para justificar muertes que, con alarmante frecuencia, tienen como víctimas a los más vulnerables, los pobres.
Guachupita, Capotillo, Los Guandules, Simón Bolívar, Tres Brazos, Katanga, Los Mina, Vietnam, Villa Liberación, Canta la Rana, etc,….. son los escenarios donde la muerte llega disfrazada de enfrentamiento.
Pero…. ¿dónde están los tiroteos de Naco, Piantini, Los Prados, Serrallé, Arroyo Hondo o Bella Vista?
La respuesta es clara: no los hay.
En los llamados intercambios de disparos caen Pablito saca Higado, Jose el locon, Carlitos 30 kilos, Juan el Becerro, Mario mala cara, Pipi el abusador, etc, etc.
Nunca cae el exdiputado Dr. Pancrasio Acosta, ni el Lic. Luis Mirellis Peralta, ex Contralor General de la Republica, mucho menos la Policía Nacional escenifica intercambios con ex senadores, ex ministros o ministros actuales, o diputados actuales, mucho menos un gobernador ha caído.
Y ni se diga de algún empresario, de esos que tienen décadas cobrándole el ITEBIS a los pobres y no reportándolo al fisco.
Noooooo, los tutumpotes no, los hijos de machepa siiii.
La justicia, como decía Eduardo Galeano, es como una serpiente que solo muerde a quienes andan con los pies descalzos.
Es una paradoja dolorosa que los sectores más humildes, los que sufren la violencia estructural del abandono, la pobreza y la exclusión, sean también los que enfrentan la represión más cruda a través de estos intercambios de disparos, que nadie cree que sean verdaderos, pero que algunos apoyan.
Los «intercambios de disparos» no son más que un eufemismo que encubre ejecuciones extrajudiciales, asesinatos a sangre fría estando muchas veces esposados, donde los jóvenes de los barrios populares son señalados como delincuentes sin juicio ni pruebas.
Mientras tanto, los corruptos de cuello blanco, los políticos que saquean el erario público y los empresarios que evaden impuestos, jamás enfrentan el cañón de un arma en un supuesto «intercambio».
¿Por qué? La respuesta es que el sistema protege a los privilegiados y castiga a los desposeídos.
Lo más trágico es la complicidad de algunos dentro de las propias comunidades afectadas.
Hay quienes, desde la desesperación o la manipulación, aplauden estas acciones, creyendo que la violencia estatal limpia las calles de «malhechores». Pero, ¿quién define al malhechor?
En un país donde la desigualdad es abismal, el pobre siempre será el chivo expiatorio, mientras los verdaderos responsables de la miseria gozan de impunidad en sus mansiones.
Los pobres diablos, como se les llama, terminan apoyando la masacre de otros pobres diablos, sin darse cuenta de que son víctimas del mismo sistema que los ha creado y oprime cada día mas.
La frase de Eduardo Galeano no solo es poética, sino profundamente reveladora.
La justicia, Procuraduría, policía Nacional, en su forma actual, no es ciega; tiene una mira telescópica que apunta exclusivamente a los barrios de lata y cemento sin terminar.
Los «intercambios de disparos» no son accidentes ni casualidades; son el reflejo de una sociedad que normaliza la muerte de los pobres mientras protege a los poderosos.
Cambiar esta realidad exige desmantelar las estructuras de desigualdad, cuestionar los relatos oficiales y, sobre todo, unir a los descalzos para que la serpiente de la justicia deje de morderlos.
Es hora de preguntarnos: ¿hasta cuándo seguiremos aceptando que la muerte en los barrios pobres sea un titular pasajero?
¿Cuándo veremos a los verdaderos delincuentes, los de traje y corbata, rendir cuentas?
Mientras las balas sigan silbando en Capotillo, Gualey, o Los Tres Brazos y nunca en Piantini, ni en Naco; La Policía, la Justicia y la Procuraduría seguirá siendo una serpiente que solo conoce un tipo de presa; los que no tienen nada más que sus pies descalzos.

