No a la bulla, no a la represión policial.
Algunos comunicadores y defensores a ultranza de las acciones de “La Faraona” intentan polarizar nuestra sociedad en un debate que, aunque es simplista, tiene el interés de dividir al pueblo dominicano.
O estás con la represión y la violación de derechos, encabezada por figuras como Faride Raful, que promueven allanamientos sin orden judicial, abuso de poder y maltrato a la población, o apoyas la bulla, el desorden y el caos.
Se argumenta que los que no apoyamos las acciones de Faride somos bullosos, apoyamos el desorden o asistimos a los “teteos”. Esta afirmación es incorrecta.
Esta narrativa no solo es falsa, sino profundamente peligrosa.
Reduce un problema complejo a una dicotomía que ignora la existencia de una postura mucho más sensata y necesaria: la defensa del orden, la tranquilidad y el respeto irrestricto al debido proceso.
No todos los que rechazamos la música alta, los disturbios o el desorden público estamos dispuestos a avalar que las autoridades violen derechos fundamentales en nombre de la «seguridad».
Queremos vivir en comunidades pacíficas, donde se pueda descansar sin el estruendo de altavoces a medianoche, pero también exigimos que las acciones de las autoridades se enmarquen en la legalidad.
Allanamientos sin órdenes judiciales, detenciones arbitrarias y el uso excesivo de la fuerza no son soluciones; son una afrenta a los principios democráticos que tanto nos ha costado construir.
El debido proceso no es un lujo ni un capricho del legislador, es constitucional y supranacional, es un pilar de cualquier sociedad que aspire a ser justa.
Las leyes existen para proteger a todos, no para ser ignoradas por quienes ostentan el poder.
Cuando las autoridades actúan al margen de la legalidad, no solo violan los derechos de los ciudadanos, sino que siembran desconfianza y deslegitiman su propia autoridad.
¿Cómo podemos exigir orden a la población si quienes deben hacer cumplir la ley son los primeros en quebrantarla?
Rechazar el abuso de poder no equivale a apoyar el desorden. No se trata de defender el bullicio ni el caos, sino de reconocer que la paz verdadera no se logra con mano dura, sino con justicia.
La tranquilidad que anhelamos no puede construirse sobre la base de la intimidación o la arbitrariedad. Necesitamos autoridades que escuchen, que respeten la ley y que trabajen para resolver los problemas de fondo.
Es hora de rechazar esta falsa división, no hay solo dos bandos.
Existe un tercer camino, uno que, apuesta por el orden sin represión, por la tranquilidad sin autoritarismo, por la legalidad sin excepciones.
Debemos exhortar a nuestras autoridades a que actúen con responsabilidad, transparencia y apego a la ley, pero no por eso estamos a favor del desorden que se producen en nuestros barrios, la gente tiene derecho a dormir y descansar en paz.
No queremos bulla, pero tampoco queremos que se pisoteen nuestros derechos.
Queremos paz, vivir en tranquilidad, sin bulla ni desorden, pero una paz y tranquilidad que sea fruto de la justicia, no de la represión ni del miedo.

