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sábado, agosto 15, 2026

HIPOLITO MEJIA Y GONZALO CASTILLO, UNA LECCION QUE NO DEBEMOS OLVIDAR.

Por Jacobo Colon.

En la historia política dominicana, hemos repetido errores con una terquedad que raya en lo trágico.

Durante el gobierno de Antonio Guzmán Fernández, un joven y prometedor funcionario destacó al frente del Ministerio de Agricultura, su gestión fue tan efectiva que muchos creyeron que esa capacidad técnica bastaba para dirigir los destinos de toda la nación.

No debatía ideas, no presentaba un programa claro de gobierno; simplemente hablaba lo primero que le venía a la cabeza.

El pueblo, seducido por los resultados sectoriales al frente de un ministerio y su atipicidad lo eligió presidente.

El resultado fue un país que colapsó bajo el peso de una administración sin visión integral.

Ese joven ministro que luego fue presidente era Hipólito Mejía.

Y aquí radica la gran confusión que persiste en la mente de algunos fanáticos: No es lo mismo manejar una institución que gobernar un país.

Un ministerio, por complejo que sea, opera dentro de un marco definido, un presupuesto asignado, objetivos sectoriales y la supervisión del Ejecutivo.

La presidencia, en cambio, exige orquestar la sinfonía completa del Estado.

Requiere visión estratégica, capacidad de consenso, conocimiento mínimo de todas las áreas y, sobre todo, la habilidad de detectar cuándo algún instrumento desafina.

Como en una orquesta: no basta con ser un excelente pianista, trompetista o percusionista.

El director de la misma debe tener oído para todo el conjunto, anticipar desajustes y armonizar talentos que suenan y tocan de diferentes maneras.

Un buen ministro de Agricultura puede impulsar la producción agropecuaria; un destacado ministro de Obras Públicas puede pavimentar carreteras y construir infraestructuras.

Pero eso no los califica automáticamente para equilibrar la economía, manejar las relaciones internacionales, combatir la corrupción sistémica y responder a crisis multidimensionales.

Hipólito Mejía hizo una gestión recordada positivamente en Agricultura bajo Guzmán. Sin embargo, su presidencia (2000-2004) dejó lecciones dolorosas que el pueblo pagó muy caro, todos recordamos la inestabilidad económica, escándalos de corrupción y un dólar que bajaba y subia todos los días, llegando a colocarse por encima del 60X1.

Hoy, voces interesadas intentan vendernos a otro “técnico exitoso” como la salvación.

“El Penco”, Gonzalo Castillo, es promocionado por su paso por Obras Públicas durante el gobierno de Danilo Medina. Se resalta asfalto, puentes y obras visibles, como si eso definiera la capacidad de liderar una nación entera.

¿Son tarados los que caen en esta trampa? No.

La mayoría son fanáticos partidarios o actúan por apetitos personales: contratos, cargos, prebendas o simple lealtad ciega.

Prefieren ignorar la historia antes que cuestionar a su “caballo”.

Pero la ciudadanía consciente debe rechazar esa simplificación.

Dirigir un ministerio es importante; gobernar todo un pais requiere mucho más, como carácter, preparación integral, conocimineto acabado, dominio de la politica internacional y  firmeza para decir “no” cuando es necesario.

Tropezar dos veces con la misma piedra no es mala suerte, es necedad.

Los dominicanos necesitamos un presidente con trayectoria probada en lo amplio, no solo en lo sectorial.

Merecemos presidentes que entiendan que el país no es un ministerio ampliado, sino un organismo vivo y complejo que exige dirección sinfónica, no solos virtuosos.

La próxima vez que nos vendan a un “buen ministro” como mesías presidencial, recordemos a Hipólito y a tantos otros casos.

La experiencia no es solo un grado; a veces es la diferencia entre el progreso y el colapso.

El pueblo dominicano ya pagó ese error una vez.

No tenemos por qué repetirlo.

 

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