Por Jacobo Colon.
El pasado viernes 9 de enero de 2026, el presidente de la Cámara de Diputados, Alfredo Pacheco, rompió el silencio que muchos esperaban mantuviera por disciplina partidaria.
Visiblemente molesto, alterado y sin pelos en la lengua, denunció lo que calificó como una persecución contra dirigentes y militantes de base del Partido Revolucionario Moderno (PRM) tras los recientes cambios y designaciones en instituciones públicas, particularmente en entidades como la DGII.
Pacheco dejó claro que apoya la necesidad de relanzar y oxigenar el Gobierno, incluso respaldó los ajustes impulsados por el presidente Luis Abinader, pero marcó una línea roja infranqueable; no aceptará que, bajo el argumento de “modernización” o “eficiencia”, se castigue y se expulse a compañeros que con esfuerzo, sudor y lealtad contribuyeron a las victorias electorales de 2020 y 2024.
Lo que está en juego, sin embargo, va mucho más allá de unos cuantos nombramientos o cancelaciones.
Estamos ante un esquema que se repite en casi todos los gobiernos dominicanos y que el PRM, en teoría, prometió romper la desvalorización sistemática de la base militante.
Y su origen está en que la dirigencia del partido se va al gobierno y los “compañeritos” de la base se quedan sin un interlocutor valido para externar sus reclamos.
En el caso del PRM; Jose Ignacio Paliza es ministro de la Presidencia, el segundo cargo en importancia, ¿Puede el presidente del PRM dedicarle tiempo a los compañeros y dirigentes? No.
Carolina Mejia; secretaria general es alcaldesa del Distrito Nacional y precandidata a la presidencia, no puede dedicarle tiempo a sentarse a escuchar el clamor perremeista, y así sucesivamente.
La mayoría de los perremeístas de a pie, los que pintaron paredes, pegaron afiches, caminaron barrios bajo sol y lluvia, los que convencieron al vecino que no pretendía votar, etc.., no acceden nunca a un puesto público.
Y los pocos privilegiados que sí llegan, viven con la espada de Damocles sobre la cabeza; cualquier cambio de incumbente (aunque sea del mismo partido) puede significar su cancelación inmediata, sin importar años de servicio, preparación o resultados.
Este comportamiento genera dos efectos devastadores:
1- Desmotivación masiva. ¿Quién va a salir a buscar votos con entusiasmo sabiendo que, gane quien gane, lo más probable es que termine siendo descartado como un mueble viejo cuando llegue el nuevo “jefe amigo”?
2- Deslegitimación del partido. Se envía un mensaje clarísimo a la sociedad; en el PRM no se premia la lealtad ni el trabajo de base; se premia la cercanía al poder, la capacidad de lobby y, en muchos casos, la trayectoria de “sobreviviente” en diferentes gobiernos, esos famosos “arribistas” que Pacheco mencionó con nombre y apellido en su enojo.
¿Quién se atrevería a ingresar a un partido que maltrata a sus miembros y muchos dirigentes?
El ser humano es agradecido por naturaleza, pero también guarda rencor cuando se siente traicionado.
Una base humillada y despreciada no se moviliza; se repliega, se desilusiona o, peor aún, busca otras opciones políticas.
Y en política, dos años y medio es tiempo suficiente para que la desafección se convierta en derrota.
El PRM llegó al poder prometiendo cambio, transparencia y valoración del mérito.
Si continúa permitiendo que sus propios militantes sean tratados como carne de cañón desechable cada vez que cambia un titular, estará cavando con sus propias manos la fosa de su derrota en 2028.
No se trata solo de puestos. Se trata de dignidad partidaria, de coherencia con el discurso que se vendió en campaña y, sobre todo, de entender una verdad elemental………
¡Sin base motivada no hay victoria electoral posible!
Alfredo Pacheco, con su arrebato del viernes, no solo defendió a unos compañeros específicos; puso sobre la mesa una advertencia que debería ser escuchada en todas las instancias del partido y del Gobierno y es lo siguiente;
Maltratar a quien te llevó al poder es la forma más rápida y segura de regresar a la oposición.
El tiempo dirá si esta voz incómoda fue el inicio de una corrección de rumbo… o simplemente el grito de quien vio venir el iceberg mucho antes que el capitán.

